miércoles, octubre 03, 2007

El Señor de la Radio.

Me contó que anoche estaba muy contento. Por la mañana supo que había aprobado el examen de Física y Química, se había divertido mucho viendo en la tele cómo el Barça vapuleaba al Madrid; y, para hacer perfecta su dicha, ese mismo día había quedado con Rocío – la segunda chica más guapa del instituto al decir de todos, aunque a él le parecía la primera – para ir el viernes a ver la última película de Tarantino.

Se lavó los dientes, embadurnó con crema antiacné un incipiente Vesubio que ya destacaba, antiestético, a un lado de la nariz; dio las buenas noches a sus padres y se fue a la cama.

También me dijo que cuando se despertó se asustó mucho. Sí, porque se había despertado en una habitación pequeña que nada tenía que ver con la suya (tan detalladamente adornada como él quería), y que se le antojó lúgubre a pesar de estar bien iluminada. Se asustó porque estaba en una casa desconocida, entre gente extraña. Porque se sentía algo mareado y como fatigado.

Salió de aquel cuartucho y vio a una señora en la cocina. Con gran disgustó comprobó lo que misteriosamente ya sospechaba: no era su madre, sino una extraña.

-¿Dónde están mis padres? ¿Dónde? – gritó

Y se dirigió a otro cuarto. Se tropezó con un hombre; tampoco era su padre. Repitió la pregunta, pero tan asustado, que asomaron lágrimas en sus ojos:

-¿Y mis padres? ¡papá, mamá!

El hombre le miró y masculló algo con tristeza.

Me contó, por último, que no sabía cómo - pues descubrió que su hogar era una prisión donde aquella gente le tenía encerrado - había salido a la calle, que tampoco era la suya; cómo había vagado por la ciudad (que sí le recordaba en algo a la suya, aunque le parecía muy cambiada), y cómo había llegado a aquel parque y decidido sentarse en un banco a llorar sus penas. Al vagabundear por las aceras, antes de dar con el parque donde lo encontré, dijo que se había visto en el reflejo de un escaparate. Ya estaba asustado, pero, ¡cómo se aterrorizó al ver que se había convertido en un viejo!. Ay, y qué desconsoladamente lloraba cuando le vi.

“Entonces es usted el señor de la radio, el anciano del que tanto hablan los noticiarios. Manuel Fernández Nosequemás, que tiene Alzheimer y le andan buscando.”, le dije. E intenté consolarle, diciéndole que yo le ayudaría, y pronto estaría bien. Que pronto estaría con los suyos.

-¡No! ¡No están los míos! ¡ya se pasó todo!¡Anocheció y era joven, me dormí y ahora soy viejo! – gritaba llorando.

Y, más que sus palabras, me impresionaba el tono lastimero en que las decía.

5 comentarios:

Sintagma in Blue dijo...

Ufff... tremendo!!

Coco Becerra dijo...

Ilmo. Sr. D. Embelecio: Está usted desconocido.
Primero nos suelta esta historia de tan hondo calado que debería llevarle a cambiar el nombre de su cortijo; de "Gilichorradas" a "De verdad te lo cuento y no te miento, porque te lo digo desde el convento".
Pero es que, encima, su nuevo look es desconcertante. El teñido de pelo que luce me ha hecho decirme en voz alta que "si hoy es jueves, esto es Estocolmo".
Todo se debe a la ingente ingesta de pulpo, seguro.
Le sienta bien, por descontado. Cómase otro par de toneladas a la salud de Angelina Jolie.

Ñoco Le Bolo dijo...

Una faceta tierna. Me ha encantado. Y no. Podría ser yo. Y tal vez lo sea.
Mira lo que he publicado a las 23:20 del 3 de Octubre. Andamos bastante sincronizados. Ufffffff.

Peca dijo...

Ufff, que triste...
Me ha recordado al libro de "La sonrisa etrusca".Jo, que bajón...
Beso

M. Imbelecio Delatorre dijo...

¡Hola!

-Sintagma: :)

-Coco: ;)

-Ñoco: :O

-Peca: =)

(Muuuuuuchas gracias por vuestros cariñosos comentarios. A ver cuando inventan algo para poder invitaros a unas cañitas por la red)