sábado, junio 09, 2007

el reloj de la sala.

¡Cómo le gustaba aquel reloj! Lo compró al poco de casarnos. Le habló de él un tío suyo que ya murió hace mucho, que lo había visto en un escaparate. ¿Puedes creer que al día siguiente fue a Gijón sólo para comprarlo? Y pagó por él… no me acuerdo cuánto, pero mucho. Y eso que el dinero no sobraba en casa. Era un capricho que él tenía desde crío, los relojes de cuco; porque había uno en el bar del pueblo. Decía mi suegra que siendo muy pequeño tenían que reñirlo en casa; si no, se pasaba mucho rato en aquella tabernuca... Sin molestar. Eso no. Sólo mirando el reloj.

Y luego, desde que lo trajo y lo colgó en la pared de la sala, tenía él siempre aquella cosa con ese reloj. Y siempre lo miraba. Y si por ejemplo estaba hablando de algo y sonaban las campanadas, callaba él, y con él callaban los nenos, y callaba yo, y callábamos todos en casa para oír el cu-cú, cu-cú. Sí, él siempre con el reloj. El nuestro reloj, decía siempre.

Y ahora cuando se puso tan malín… Yo no sé, yo no sé si era porque desvariaba algo a veces con tanto dolor, o si lo pensaba él de verdad; pero el caso es que díjome un día:

-Zucena, el reloj de la sala, el nuestro… que me da mucha pena pensar en él. Y pienso en ti, y pienso en los nenos, y pienso en todo, y me da pena, pero si pienso en el reloj también, entonces me da mucha más. ¡Que se me rompe el corazón, mujer, que no sé lo que siento aquí dentro si me da por pensar que el cuco del reloj cuando yo me muera va a seguir cantando!.

Y yo no supe qué decirle entonces.

Pero cuando poco después, una semana o así, al poco de despertar, le llegó la hora, y se fue quedando y quedando… Yo, ¿podrás creerme, mujer? Nada más que se me murió, antes de que viniera nadie a casa, me acordé del reloj… ¡ay!Llena de congoja y sin saber muy bien lo que hacía, fui a la sala, me subí en una silla, lo descolgué, abrí las portezuela de la parte de atrás, y le removí bien las tripas para que no anduviera más, para que el cucliellín no cantase más veces. A los pocos días lo llevé para el hórreo y lo escondí entre los trastos.

Hice lo que él quería. No desvariaba cuando lo dijo, no. ¿Sabes por qué sé de fijo que no desvariaba? Porque sólo Dios sabe lo que echo de menos al mi Fermín… ¡Pero, ay, cómo echo también en falta el nuestro reloj!

8 comentarios:

Al dijo...

Yo también tengo un reloj de cuco. A los niños pequeños les encantaba.
Ahora tampoco funciona.

Siempre me gustaron mucho los relojes. También los que suenan y a parte del cuco tengo un carillón que suena cada cuarto de hora, aunque ya ni lo oigo.

Chao.

M. Imbelecio Delatorre dijo...

hola, Al :)

yo nunca tuve un reloj de cuco... un vecino del pueblo (yo vivía en Candamo) lo tenía, y cuando éramos pequeños íbamos yo y mi hermano a esperar a que diera las hora, jeje.

Supongo que dices que ya ni oyes tu reloj de carillón porque estás muy acostumbrada y no te das ni cuenta. ¿y por la noche tampoco te molesta?

En ese cuento el reloj, como ves, es un mero pretexto para hablar de la muerte. la muerte no se lleva sólo al ser querido; también muchas cosas que le rodean, que estaban vivas gracias a él/ella, y que sin esa persona ya nunca serán igual.

Gracias por tu visita e inteligente comentario.

Al dijo...

El carillón antes era de cuerda y sonaba toda la noche. Cuando venía alguien a dormir a veces teníamos que pararlo porque les molestaba pero yo, por la costumbre, ya no lo oía.
Como el de cuco, también se estropeó y lo que hice fue cambiarle el mecanismo y ahora es de pila. Tiene varias opciones de formas y horas de tocar, ahora no suena de noche.
Entendí perfectamente la metáfora de que el reloj del relato, un día, de repente, se paró. El mío también.

M. Imbelecio Delatorre dijo...

:)

carlota dijo...

En Agosto, el 28, murió mi abuela. Escribí Viaje al pasado. Precisamente, al final escribí: Y te das cuenta que todas esas cosas que vas acumulando a lo largo de tu vida, llevan algo de tí impregnado en ellas. Por eso, cuando morimos, no nos llevamos nada material. Lo dejamos aquí, para que los demás, cuando lo vean, lo toquen, lo huelan, vean huelan y toquen un trocito de nuestra alma.
Pero tienes razón: ya no son lo mismo. Un abrazo. Te iré leyendo poco a poco.

M. Imbelecio Delatorre dijo...

hola, Carlota.

gracias por tu bondad, por leer mis tonterías y por compartir cosas conmigo. A mí me obsesiona lo de las muertes de los seres queridos. me hunde sólo pensarlo. Creo que no sabré afrontarla...

beso.

carlota dijo...

Sr.Imbelecio, no leo tonterías ni por toda la bondad del mundo. Disfruto leyéndole y punto. En cuanto a la muerte...no me obsesiona pues no pienso en ella, aunque sé que está ahí. De todos modos no me asusta, pues la veo como simple tránsito en nuestro camino...sí me preocupa que mis seres querido tengan que sufrir para morir. Y lo que sí procuro es no olvidarme de demostrar a la gente que me rodea lo que les quiero, para que cuando ella llegue, lo único que me quede sea desearles un buen viaje. Besos.

M. Imbelecio Delatorre dijo...

1/ gracias por tus palabras. 2/ mi propia muerte no me preocupa. 3/no creo en otra vida,así que para mí no hay "tránsitos". 4/ tu consejo me parece muy bueno :) procuraré seguirlo.