martes, abril 11, 2006

Aparición en la Cantina del Búfalo (Cuento)

a ver si os gusta...

-Aparición en la Cantina del Búfalo-


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Tantas veces me han pedido que cuente la insólita historia del desconocido que he pensado que quizá puesta en el papel (aunque, francamente, mi escaso arte y mi nula cultura no permitan adornarla como seguramente están embellecidos los escritos a los que está acostumbrado el lector) pueda resultar, si no provechosa, al menos divertida para los suscriptores de su periódico. Queden pues advertidos éstos de que mi pluma no es buena en absoluto; de que mi escrito puede disgustar; y de que si, después de todo, algo tiene de grato, debe atribuirse sin duda a lo peregrino e inexplicable de los hechos.

Venga conmigo entonces aquel de ustedes que a pesar de mi advertencia continúa leyendo a la Cantina del Búfalo, en Aurora, cerca de la hermosa villa de Modesto, a unas setenta y cinco millas al sureste de Sacramento. Empuje la mugrienta puerta de dos hojas como yo acabo de hacer y entre en tan entrañable sitio; observará sin duda que es un local muy pequeño, sobrio como celda de monje; quizá censure la suciedad que por todas partes asoma; quizá su sentido del olfato, acostumbrado a mejores ambientes, se indigne y proteste al entrar en aquel sitio tan pintoresco, pero, hágame caso, no diga una palabra: acérquese a la barra de madera, diríjase al barman, pídale un whiskey, acomódese luego en la mesa de la esquina de espaldas a la puerta; desde ahí no perderá detalle, se lo aseguro.

Yo he llegado y he saludado a los parroquianos como hago cada tarde. Ramón Gonzáles, el dueño del bar, me sonríe y me dirige un hola, compadre mientras me sirve un vaso. Ronda los sesenta años. Tiene pelo y barbas canosas. Es un californiano de pura cepa y, a pesar de esta pobreza y de toda la mugre de su cantina, no dudará en afirmar que su sangre es de la más alta raigambre española, y que sus antepasados eran tan poderosos que, si les daba la gana, no tenían que descubrirse ante el rey.

Bob Gray, el tipo bajito y de mediana edad al que acabo de dar una afectuosa palmada en la espalda es escocés, aunque usted ya lo habrá deducido por su pelo rojo, su cara pecosa y su tosco acento lleno de marcadas erres; también está bebiendo un vaso de agua de vida, como dice él (por otra parte única bebida que despacha la casa).

Matthew Roberts, el muchacho que risueño me saluda haciendo una característica inclinación de cabeza cierra, junto conmigo, esta larga lista de asiduos del establecimiento; es un joven de unos veinticinco años, más feo que un indio, la cara picada de viruelas, pero más bueno y dulce que un pastel de manzanas.

Poco más hay para presentar en este bar… ¡ah!, se me olvidaba, Auld Amelia y Little Martha son un par de señoritas que de vez en cuando, para diversión nuestra, se dejan ver por aquí; Ramón lleva muchos meses intentando acabar con ellas, por eso tiene el revólver siempre a mano bajo el mostrador; pero su puntería no es muy buena, así que el entarimado está lleno de agujeros. Yo las bauticé: Auld Amelia es la más gorda, oscura y fea; le falta un trocito de rabo; Little Martha da la impresión de ser más joven, y quizá por eso no puede evitar mostrar ciertas femeniles coquetería y vivacidad en sus movimientos de roedor. En cuanto aparece una de ellas Ramón se abalanza sobre su arma y dispara casi sin apuntar un par de tiros en aquella dirección y maldice luego su mala puntería; a decir verdad, a mí me daría cierta pena que en una de esas una bala diese en el blanco (supongo que en el fondo a él también), porque estas dos ratas son ya como de la casa, y cada vez que aparecen para asustadas por el súbito estruendo de los disparos esconderse rápido otra vez, para nosotros es un gran divertimento y ya tenemos conversación para las dos horas siguientes.

Los otros temas de nuestra charla son igualmente sencillos: nada de política ni de batallitas de la Guerra (en la que, por otra parte, ninguno de nosotros participó); solemos hablar de los rumores del pueblo, como hacen las viejas chismosas. Muchas tardes pasamos largo rato sin hablar, mirándonos, sonriendo, bebiendo: somos tan buenos compadres que a veces ni siquiera necesitamos la palabra para sentirnos bien en compañía.

Recuerdo, sin embargo, que cuando apareció el forastero especulábamos sobre un tema universal, un tema sobre el que ni Platón, Aristóteles, Descartes o Newton, con todas sus filosofías, hubieran adelantado más que cualquier otro mortal: hablábamos del bello sexo. Cada uno por turno, salvo el tímido e inexperto Matthew (que agachaba la cabeza siempre que filosofábamos sobre tal tema y se ponía rojo como un tomate), contaba lo fantásticas que fueron ciertas damas que había conocido en la juventud (permítaseme que con un melancólico suspiro –que, naturalmente, no deja huella en el papel - haga acopio de toda la sinceridad que quizá nunca tuve en este tema para confesar que en mi caso, y sospecho que en el de los demás, tales aventuras amorosas fueron en verdad fantásticas, ideales, novelescas…).

Describía Gray con lujo de gestos y toda la elocuencia que le permitía su rudo inglés la impresionante belleza y voluptuosa lozanía de cierta doncella escocesa que había enamorado en su juventud, cuando interrumpió su sugerente narración el chirrido de las bisagras de las dos hojas de la puerta irrumpiendo en el bar del personaje más extrañamente vestido que han visto mis ojos: en lugar de sombrero, llevaba una grotesca gorra marrón ladeada, parecida a la que usan los pintores en sus talleres para no mancharse el pelo, aunque más pequeña y con visera; una camisa muy rara también, fina y de extraña hechura; y unos pantalones bombachos que me parecieron la cosa más ridícula que he visto en toda mi vida. Era un tipo de piel muy pálida y cara picuda; por el acento deduje más tarde que era de alguna zona de Europa.

Tras una mirada cómplice, íbamos a prorrumpir yo y mis compañeros en una larga carcajada a costa de la súbita entrada de aquel clown que seguro se había escapado de algún circo europeo que recorría los pueblos de California, cuando comenzó a hablarnos como si nos conociera, y a darnos órdenes con más imperio que el gobernador del Estado:

-¿Eh? Ya veo que estáis aquí… Tú: (dirigiéndose a Ramón), abróchate ese botón de la camisa. Tú (a Gray): esas botas están demasiado limpias, no son realistas, échales un poco de barro. Tú (a Matthew): ¿por qué sólo tienes una espuela? Vé a que te den un par…

Entonces, esto fue lo más extraño, todos dijeron un “sí, señor” o un “ya voy” y obedecieron: Ramón se abrochó la camisa, Gray salió a untarse un poco de polvo en las botas, y Matthew se fue a alguna parte del pueblo a buscar un par de espuelas.

Se dirigió entonces a mí y me dijo algo así:

-Usted, Gilbert,… usted es el peor de todos, creí que era usted más profesional… ¿se sabe su texto? Me han dicho que usted sabría dónde está el señor Cooper; y bien…¿lo sabe?

Que me aspen, que me parta un rayo, que me lleven los demonios y padezca para siempre las insufribles torturas del infierno si sé por qué contesté lo que contesté en aquel momento:

- Yo… supongo que… por ahí afuera andará señor…

-¡Por ahí afuera, por ahí afuera…! – Repitió él con cierta burla-; adelante, cúbrale las espaldas si quiere… ¡qué falta de profesionalidad, por el amor de Dios! Está bien, señor Roland, si le ve diga al señor Cooper que le estoy buscando…

Y salió otra vez por la puerta tan extraño personaje. Por qué se dirigió a nosotros de ese modo y por qué le obedecimos y contestamos a sus preguntas sin sentido no puedo explicarlo de otro modo que ese tipo era probablemente una especie de mago hipnotizador que tendría su espectáculo cerca y estaba entrenando sus poderes mesméricos con los parroquianos del pueblo, gastando bromas y magnetizando aquí y allá por capricho. Bob Gray, supersticioso como todo buen escocés, dijo que el tipo ése de pantalones de payaso era un wrath, un aparecido; que había oído muchas historias como aquélla cuando era un niño, y que obedecimos a sus extrañas órdenes sin rechistar porque los aparecidos tienen el poder de mandar y de que sus mandatos sean acatados inmediatamente durante el poco tiempo que en espíritu pisan la tierra poco después de morir (así explicaba también su palidez). Ramón se santiguó muchas veces y dijo que aquello era cosa del diablo; Matthew volvió al rato con un par de espuelas nuevas y no dijo una palabra más de aquello: parecía no acordarse del forastero.

Yo sigo creyendo que era un hipnotizador que aquel día se pasó por el pueblo, o quizá un wrath como dijo mi amigo Bob. Prueba de ello es que aquel mismo día, según supimos después, se apareció a otros en el pueblo: en el almacén de la señora Hoseason, en el Saloon, en el Ayuntamiento; pero, al parecer, y aunque les dé vergüenza confesarlo, sé de buena tinta que los vecinos que más molestó fueron Ethan Burton, el sheriff del pueblo, y a su mujer Lisa. Ethan es alto, delgado y apuesto; su mujer es rubia, y es la cosa más bonita que he visto en toda mi vida. Al parecer el espíritu (o mago), topó con él y le regañó muchísimo y, del mismo modo que a mí me dio un nombre extraño, al parecer el comisario era para el fantasma el tal Mr. Cooper que buscaba en la cantina. A su mujer la llamaba Grace en vez de Lisa, y no paraba de decirle que fuera a que le arreglaran el peinado.

No podrán negar sus suscriptores que mi historia es insólita, un relato de aparecidos de esos que tanto gustan a los jóvenes de hoy. Nunca me olvidaré de aquel tipo vestido de payaso al que había que obedecer, y tampoco de ese nombre que usó para dirigirse a mí (y que en nada se parece al mío):Gilbert Roland, nombre que, quizá por las veces que he repetido en voz alta, tiene para mí algo de familiar. No sé explicarlo, pero si me viese obligado a elegir un segundo nombre, algo así como el pseudónimo de los escritores, ése sería el mío, no me cabe duda.

7/02/2004.

Este cuento está dedicado a todos los verdaderos aficionados al cine.

(imagen: foto autografiada de Luis Antonio Dámaso de Alonso, más conocido como Gilbert Roland, uno de los secundarios más emblemáticos del cine de Hollywood. Tomó su nombre artístico de sus dos actores favoritos: John Gilbert y Ruth Roland)