miércoles, abril 05, 2006

Alma del Infierno - fragmento

Alma del Infierno es un personaje ficticio muy querido por mí. Su nombre da título a un inacabado proyecto de novela que quizá continúe algún día. Es una Robin Hood de los primeros años del XVII que lucha contra los pérfidos designios de Rodrigo de Guzmán, un malvado y poderoso oidor. Alma tiene unos veinte, viste como un hombre, es bajita, pelirroja, maneja muy bien la blanca, es inteligente, virtuosa y de buen corazón.
La historia nos la cuenta Andrés de la Torre, un estudiante apocado e impresionable que se verá de golpe, sin comerlo ni beberlo, en compañía de la banda de Alma y, como ellos, perseguido por la justicia. Verá riñas a espada y demás aventuras, y su corazón, repleto de idealidad, latirá al ritmo del de Alma desde el primer instante en que la ve... Quise hacer una novela de aventuras al más puro estilo del género, con acción y diálogos atractivos , con buenos y malos; quizá una de las pocas diferencias sea que hay un cambio de roles sexuales: quien da los mandobles y las órdenes es una chica; por contra, el muchacho protagonista es idealista, timorato, retraído, y tendente a la inacción.

Os pego un fragmento. Una pequeña historia dentro de la principal y que puede leerse independientemente de la novela. La cuenta el personaje de Pedro El Teniente, un gracioso fanfarrón de la banda de Alma:

(por favor, si os gusta o no, hacédmelo saber... sería de gran ayuda para mí.gracias). Ahí va:

Alma_del_Infierno_-_fragmento_I (audio).WAV


-Ah, Andrés, que todo esto que dices me recuerda el asunto aquel del viejo Rufilo Méndez. Permite que te cuente esta provechosa historia, que no es conseja puesto que fue verdadera, porque veo que la desconoces.

>>Había en mi pueblo, que es uno de la Extremadura, un hombre viejo que vivía completamente solo en una casa medio caída, alejada de las otras. Nunca hablaba con nadie, y apenas se dejaba ver por los demás vecinos. Cuando raro día se mostraba, que era poquísimas veces, daba lástima a la gente de buen corazón el verle, porque llevaba barbas tan largas como las de Matusalén, iba vestido de harapos y cubierto de mugre. Y su casa sólo era visitada por alguna buena mujer que iba de vez en cuando a dejar delante de su puerta un algún trozo de pan rancio, o un poco de leche.

>>Un día, Zoilo, un pastor muchacho que tomaba un camino cercano a la casa de Rufilo al volver de su majada, vio entrar en la arruinada casa a don Tomás de Alcorote, que, supongo no lo sabes, era el hombre mozo más gallardo, noble, rico y poderoso del pueblo. Trajo Zoilo el chisme a la aldea, y quedó todo el mundo admirado de que el más miserable tuviese algún tipo de familiaridad con el más ilustre.

>>En una concurrida taberna que allí hay (o había, que hace muchos años que salí del lugar que me vio nacer y no he vuelto a poner el pie en él), me dijeron los parroquianos al día siguiente por la mañana:

>>-Ea, Pedro – que por entonces aun no me llamaba nadie el Teniente - tú eres el más sagaz de los mozos del pueblo, que fuiste tú el que descubrió que el Yacuelo había sido el que había robado todas aquellas botellas de aguardiente en aquesta casa, averigua también la verdad de este asunto, y dinos qué trato tiene el joven, apuesto y noble, con el viejo, feo y desharrapado.

>>Respondí yo:

>>-Ah, amigos, en aquella ocasión no fue asunto difícil porque observé que el Yacuelo, que solía ir siempre tan harto que bostezaba vapores, estuvo durante los días posteriores al robo más sereno que una noche estrellada, y era que había visto la indignación y el enfado de todos y temía ser descubierto por haber cometido tan mala acción. Pensó que si no bebía no levantaría sospecha alguna, pues no tendría ni gota de licor en su cuerpo, pero sí las levantó, y múltiples, y precisamente por no beber fue descubierto, que era esta circunstancia extrañísima en él.

>>- ¡Y tanto! – dijo el tabernero–: como que aquellos días de mesura daba pena verle al pobre, tan pálido y triste, mucho más envejecido, la cabeza siempre gacha, sin echar una risa ni cosa parecida… Mas haz, Pedro, averigua el motivo de la visita del Alcorote a la casa del Rufilo, sácanos de la oscuridad del misterio que a todos en el pueblo trae tan intrigados y confusos; eso haz, y tendrás vino de balde en esta casa hasta que el demonio se vuelva monacillo. Y no digo más.

>>Salí de aquel lugar sin decir ni a Dios ni al diablo, que tanta prisa tenía por ponerme a buscar la incógnita verdad de aquel tan enigmático asunto. No más de cinco horas después, regresé a la taberna y dije:

>>-Óiganme todos, que ya tengo el misterio resuelto, y estén atentos que voy a explicarlo con tanta claridad como con la que Daniel explicó el sueño a Nabucodonosor – cuando todos se hubieron situado alrededor mío, formando un corro, y aun llegó gente de la calle para escucharme, continué -. Al salir de este lugar, dirigíme sin perder un minuto hacia la casa del anciano Rufilo porque, aunque sé que es más huraño que un topo, tenía la intención de sacarle unas palabras. Llegué y llamé a la puerta durante un rato, pero no hubo respuesta. Apliqué el oído a la madera y no se oía ni un respirar dentro. La ajada casa estaba vacía. Decidí esperar a que regresara el viejo, pero, en lugar de hacerlo allí delante, encontré un sitio muy a propósito para sentarme detrás de unos arbustos no muy distantes. Cuando ya llevaba más de dos horas esperando, y empezaban los bostezos a asediarme más que los escalofríos al que padece fiebres, y ya iba a ponerles remedio, que era echarme a dormir una buena siesta, hete aquí que aparece alguien por la apenas usada trocha que viene del pueblo: qué sorpresa cuando veo venir al hidalgo galán ese, el Tomás de Alcorote, vistiendo sus ricos ropajes y oliendo a ámbar, que traía el cefirillo su perfume hasta mi escondrijo. Vi como llegaba a la puerta con gran priesa y, sin llamar ni decir esta boca es mía, allá entró como Pedro por su casa. Pero no quería yo constatar lo que nos había contado el pastor Zoilo, que eso lo tomaba por verdad bíblica, que es muchacho enemigo de la mentira; quería averiguar la causa de aquel tan extraño trato, así que esperé a ver si parecía el viejo. No transcurrió media hora cuando la puerta de la cabaña se abrió otra vez y ¡asómbrense todos los presentes: salió el viejo, barbudo y mugriento Rufilo Méndez! A punto estuve de exclamar un ¡Oh! de asombro, pero me mordí la lengua…: había comprobado por mí mismo que antes en la casa no había nadie. El viejo se encorvaba sobre su bastón y mascullaba algo, y miraba con impaciencia a un lado del camino. Al rato entró otra vez en la casa dando un portazo. No fue difícil para mí darme cuenta de que aquel viejo y el mancebo que antes entrara, eran la misma persona: era todo traza, engaño y disfraz del joven hidalgo; supe esto no solo por ciertos dudosos rasgos del viejo, sino también por el mismo olor a ámbar de antes que la suave brisa trajo adonde mis arbustos. Mas, ¿con qué propósito se disfrazaba de aquel modo? No tardé mucho en enterarme de este último punto, porque pronto vi… vi… a una mujer joven, que yo tenía por honestísima, y cuyo nombre no diré porque hállase su marido no muy lejos, venir muy alegre con una cesta, como algunas otras que suelen llevar algo de comer al viejo. Y sí, dejó la cesta en el suelo, pero apenas la había posado cerca de la puerta cuando abrióse esta y unos brazos agarraron a la muchacha por la cintura y la entraron en la casa con la vehemencia de la pasión juvenil. Y oyéronse venir de la casa algunas risas y luego muchos ardorosos quejidos. Y no digo más, sino que vigile cada cual en su casa a su mujer, sobre todo si es limosnera y joven, que es muy probable que con ingenioso engaño un hidalgo noble pero grandísimo pícaro se pase las tardes enteras riéndose a costa dellas y de sus maridos. Y vengan los tragos de vino prometidos, tabernero, que me sentarán muy bien, sobre todo si son de balde.

>>En ese punto, siete u ocho de los presentes en la taberna salieron con mucha presteza de ella, que todos tenían de repente inexcusables y apremiantes asuntos que atender en sus hogares.

>>Y ahí tienes, Andrés, la verdadera historia de Rufilo Méndez, que todos creíamos pobre, viejo, y huraño, y era en realidad rico, joven, y muy sociable, como se ha visto.


NOTA: imagen, espada española del siglo XVII.