jueves, enero 24, 2008

la muerte del líder.

A Edu: un cuento que quiere parecerse a las novelas de aventuras que leíamos cuando éramos más jóvenes.


Plugo a los Cielos que el romano fuese poderoso. Posee infernales máquinas de guerra que rompen con facilidad toda defensa. Trae incontables guerreros que vienen de remotas tierras, desde mucho más lejos de las grises montañas cuyos blancos picos nos miran allá en el horizonte. Sus armas son mejores que las nuestras. Y cada guerrero romano trata a los demás guerreros romanos como a hermanos, y al jefe como a un padre.

Tienen rollos en los que dibujan las palabras antes de que su eco se olvide; y en esos rollos traen guardados consejos que sus sabios les dieron hace mucho tiempo para destrozar nuestras empalizadas, acabar con los nuestros -los más valientes de los hombres-, y sujetar las aldeas vecinas mediante la fuerza o la lisonja.

El romano es poderoso. Plugo a los Cielos que así fuese. Y contra el poder del romano nada pueden los hombres membrudos y osados. Sin embargo hubo un guerrero alto como un roble, fuerte como un oso, más astuto que el más astuto zorro, y valiente como la jabalina cuando defiende a sus crías del ataque de los lobos, que nos dio la confianza y nos lideró en la rebelión. Y el romano tuvo que retirarse durante varios años. Y todo volvió a ser como cuando nuestros padres bailaban en la Fiesta del Estío sin que ningún extranjero les importunase.

Mira todos los dedos de tus manos. Míralos cinco veces y verás el número de guerreros romanos que él mismo mató con su espada o con su lanza. Con su habilidad hizo nacer por todos los valles el orgullo de estas tierras; orgullo que destrozó los arrogantes ejércitos invasores.

Era el más osado de los hombres. Mas no murió, no, como celebran los cantos que entonan los jóvenes ebrios con la voz enronquecida por el hidromiel. No murió trabando fiera batalla contra un hatajo de romanos que le sorprendió en la selva nocturna. Yo presencié su muerte. Ya soy viejo y no me importa contarte cómo fue. Hela aquí.

Nuestros guerreros estaban contentos porque habían conseguido expulsar una vez más a los extranjeros al otro lado de las montañas grises que tan para mal nuestro habían cruzado. Celebrose un banquete para agradecer a los dioses la ventura. ¡Nunca verás tantos jabalíes, conejos, venados, aves y truchas asados, como los que yo vi entonces! (bien sabes que nuestros banquetes duran varios días, y durante varios días se come y se bebe jubilosamente brindando los manjares a los dioses). Nuestro caudillo, con un gran trozo de venado en una mano y un cuerno de hidromiel en la otra, no lejos de mí hacía chistes sobre “mujeres” (romanos). Tras decir una gracia que hizo que todos los allí presentes riesen hasta rodar por el suelo, dime cuenta de que las carcajadas se iban apagando para dejar lugar al silencio y al espanto.

Nuestro caudillo -¡el más grande de los hombres desde que el majestuoso sol recorre el cielo por el día y las estrellas y la luna brillan por la noche con su luz pálida!- se retorcía en el suelo pataleando y dándose violentas puñadas. Su cara estaba tan azul como las azules aguas del profundo mar. Al poco rato estaba muerto.

Los guerreros acordamos decir que había muerto en nocturna celada tendida por los traidores romanos. Acordamos también que a quien la verdad desvelase algún día, se le cortasen la lengua y las orejas. Por la mañana los sacerdotes oficiaron la ceremonia de despedida del guerrero. La consternación inundó los valles al propagarse la noticia; y vino para quedarse, porque al poco tiempo volvieron los romanos para no marcharse.

Yo ya soy viejo, no me queda mucho de vida, y me gusta tanto contar historias al lado del fuego que no me importa arriesgar mi lengua y mis orejas con tal de que mi nieto me escuche con el asombro dibujado en su abierta boca. Pero ciérrala ahora y no la abras más para hablar sobre este secreto, si en algo aprecias tu lengua.


LA MUERTE DEL LÍDER - AUDIO - VOZ HUMANA - MP3 (PULSAR EN DOWNLOAD ORIGINAL)

4 comentarios:

Ñoco Le Bolo dijo...

Todos los caudillos deberían ser envenenados. ¿lo fue éste?

carlota dijo...

Vaya, Sr.Imbelecio, parece que nos estuviera viendo por un agujerito, pues leyendo el último párrafo, con la boca abierta hallábame...y la cerré, claro, por si las moscas...a veces la vida es así de graciosa, y otorga muerte infame a un guerrero valiente...¿ha leído El último soldurio, sobre la historia de Corocota?
Me gustó su historia: un abrazo.

M. Imbelecio Delatorre dijo...

hola, cántabros majos :)

-no, ese caudillo no murió envenenado, sino atragantado.

no, no leí EL ÚLTIMO SOLDURIO, pero me suena porque recuerdo al autor presentando el libro en un programa de radio (DE LA NOCHE AL DÍA, RNE) que escuchaba yo de madrugadas cuando trabajaba por las noches en el supermercado.

:) del tema (aunque desde el otro bando), me leí los COMENTARIOS de Julio César, libro que me impresionó mucho :)

:) un abrazo para ñoco, un casto beso para carlota.

carlota dijo...

casto? grr...así no va a dejar una de ser doncella en su vida...en fin, si no queda más remedio...