miércoles, septiembre 19, 2007

El que más llora, más mama (fábula política)

El crápula verraco había muerto de puro viejo. La joven y hermosa marranita viuda, a quien es sabido que su marido infligió terribles malos tratos durante mucho tiempo, tuvo, años después, una numerosa camada: diecisiete maravillosos lechones como diecisiete soles. ¡Qué bonitos eran! No había ninguno que fuese feo. Naturalmente, no eran todos iguales. Tenían rasgos que los distinguían: aquel un poco más rosado, este con manchitas negras, el de más allá con las orejitas levantadas como un simpático conejo, estotro con un gracioso flequillo...

¡Qué placer para la madre verlos mamar, compartir las (para tanta prole) escasas ubres!

Su madre tenía miedo de que aquellos churumbeles tan bonitos se torciesen y acabasen siendo con el paso de los años como aquel marido suyo tan sinvergüenza y que tantas marranadas le había hecho. “No, ni yo ni mis hijos nos pareceremos nunca a aquel malnacido marramamacho”.

Transcurrió así algún tiempo, no diremos que feliz, pues aquella familia nunca fue completamente feliz (¿qué familia lo es?), pero superando baches juntos, nunca faltos de ilusión y esperanza en el mañana...

los lechoncitos crecieron sensiblemente, a la vez que la madre también adelgazaba algo... Pero mientras antes, cuando recién nacidos, al mamar compartían las tetitas de la madre sin demasiadas riñas, empezaba a haber tiranteces a la hora de comer... Había algunos gochinos, que a pesar de estar más creciditos y mejor alimentados, lloraban exigiendo más leche que el resto. Quizá por eso mismo estaban mejor alimentados: la madre no quería ser severa con sus hijos, ¡eran todos tan bonitos!; además tenía malos recuerdos de alguien que había sido irracionalmente severo con ella… Así que no impuso demasiadas reglas; dejó que cada uno tomase lo que le viniese en gana.

Pasaron más días, la madre siguió adelgazando; los lechoncitos, medrando. Ahora unos pocos estaban claramente más crecidos que el resto. Estos lloraban por capricho, como cerditos malcriados que eran. Decían que siempre tenían hambre (aunque se notaba en sus carnes que estaban rollizos… al menos más que muchos de los que no lloraban tanto); habían aprendido a servirse maquiavélicamente de una debilidad de la madre (y del resto de sus hermanos): como les habían hablado tanto de aquel marido tan malvado que había tenido la gocha, habían aprendido a usar el feo nombre de aquel malnacido para su propio beneficio; si su madre o alguno de sus hermanos se oponía a sus deseos, le decían: “eres igual que el Viejo Verraco; ¡viejoverraquista!”… Y así, la mamá y los hermanos, temiendo parecerse de veras a aquel que había sido tan cruel, se achantaban dejando pasar con todos los caprichos a los hermanos más gordos.

Y se daba la paradoja de que los más mimados, los más gorditos -los más pijos- cuanto más lloraban pidiendo comida, más alimento recibían… aun a costa de los que estaban menos crecidos y por ende más necesitaban, y que eran más formales y respetuosos con la madre que les diera el ser a unos y a otros,que les hiciera a todos libres e iguales.
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(aunque últimamente todos los de la camada eran un poco egoístas y trataban de seguir el pernicioso ejemplo de los hermanos mayores… sin preocuparse de mamá, a quien hacían daño, y que cada vez estaba más enflaquecida y enferma)

4 comentarios:

Ñoco Le Bolo dijo...

Me quito el sombrero ante su señoría.
Es una triste historia. Triste triste. Pero dejemos al Gran Verraco donde está, con dos mil kilos encima no vaya a ser que le pase como a Lázaro.
Que digo, pongamos más kilos, que las escobas se disparan solas.

Manderly dijo...

Nunca me había parado a pensar en la vida marrana, pero ahora me da un poco de pena. ¡Con lo contestas que parecen cuando están todas puercas en sus cubiles!

Realmente creo que esta cerda llevaba una vida baastante perra (con perdón y sin ánimo de insultar a nadie).

¿Y los hijos? ¡Vaya cerdos que están hechos!

M. Imbelecio Delatorre dijo...

¡hola!

-ñoco. Muuuuchas gracias por tus piropos. Sí, de eso se trata: de dejar al Gochón ese enterrado lo más profundo posible. Pero la cerdita que tuvo que sufrirle durante tantos años no tiene culpa ninguna (es más, también le sufrió... al igual que los hermanos menos espabilados, padecieron sus horrores tanto (algunos más) que los más "espabilados")

-manderly: en asuntos de cochinos , me gustan mucho dos dichos: "A todo toro le llega su San Fermín"; "a toda peladilla le llega su Nochebuena"; "a todo pepino le llega su día del orgullo gay"


saludosss :) y acias.

M. Imbelecio Delatorre dijo...

pegamos un artículo del siempre grande antonio muñoz molina.saludos.
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Publicado en el País, lunes 1 de octubre de 2007

La patria gutural

ANTONIO MUÑOZ MOLINA


Hay indicios crecientes de que el patriotismo extremo conduce a las afecciones de garganta y a un incremento peligroso de la tensión arterial, así como a la recuperación de impulsos ancestrales tan nobles como el escrutinio de la limpieza de sangre y las hogueras purificadoras. El patriota enronquece al manifestar la vehemencia de sus sentimientos, y las palabras brotan de sus cuerdas vocales más como interjecciones, rugidos o gruñidos que como sonidos inteligibles. La pasión le enrojece la cara y le hincha las venas del cuello, con el consiguiente peligro de trombosis o de infarto cerebral. Tuve ocasión de observar de cerca estos síntomas hace ya más de un cuarto de siglo, cuando servía a la patria en mi calidad de soldado de reemplazo, y también cuando tenía la mala fortuna de presenciar alguna concentración de extrema derecha, en aquellos tiempos poco idílicos que vinieron antes e inmediatamente después del intento de golpe de Estado de Tejero. En los cuarteles había algunos mandos modernos y muchos otros acomodaticios, y unos cuantos, temibles, que cultivaban la oratoria del patriotismo gutural. En sus gargantas, la palabra España sonaba como un disparo seco de fusil, casi siempre acompañada de vivas y mueras; se les hinchaban mucho las venas del cuello, y en su vocabulario abundaban palabras como traidor, cobarde, etc. La patria era una cuestión glandular: su órgano rector no estaba situado en el cerebro o en el interior del pecho, sino un poco más abajo, en la entrepierna hipertrófica, que era también la que regía ese mérito inexcusable del patriota, el coraje físico, o, para ser más precisos, aunque algo más crudos, los cojones. La patria de aquella gente estaba definida no por el censo de los compatriotas a los que acogía, sino por los que expulsaba, por los que aniquilaba con sólo mencionarlos. El viva ronco a la patria casi nunca era tan apasionado como el muera con que se fulminaba a sus enemigos, o, peor aún, a los tibios que no la sentían con la debida vehemencia, por no hablar de los traidores que llevándola en la sangre abjuraban de ella.

Al cabo de casi treinta años, de aquellos patriotas genitales, con o sin camisas azules, con o sin uniforme, quedan algunos espectros dispersos que se aparecen en lugares señalados en torno al 20 de noviembre. En cuanto al ejército en el que tantas esperanzas tenían, se ha civilizado acatando escrupulosamente la autoridad civil, y cumpliendo por el mundo misiones de paz y de sustento de la democracia que merecerían más publicidad y gratitud de las que reciben, y que no dejan de asombrarnos a quienes conocimos por dentro aquella institución ineficiente y lóbrega heredada del franquismo.

Los militares se han civilizado, en el sentido literal de la palabra, a lo largo de los últimos veinticinco años, pero en ese mismo tiempo, un número creciente de civiles se han embrutecido. Ahora, el patriotismo extremo no está en aquellas juras de bandera en las que el coronel del regimiento nos alentaba a dar la vida heroicamente por España, posibilidad dudosa si se miraba a corta distancia a los reclutas muertos de aburrimiento, armados con fusiles viejos y vestidos con uniformes no muy limpios que nutríamos las filas de la leva forzosa. Lo he vuelto a ver, no sin estremecerme, en esas imágenes ahora tan frecuentes de la televisión que muestran a los patriotas desatados en Cataluña y en el País Vasco, los que gritaban detrás de livianas vallas de seguridad durante la ofrenda floral del 11 de septiembre en Barcelona o los que acosaban a esa alcaldesa de una aldea vizcaína que ha tenido la singular audacia de cumplir la ley. Otras veces, es verdad, los he visto en persona, y mucho más de cerca. El año pasado, en la plaza de Sant Jaume, manifestaban su indignación por la presencia en Barcelona de mi mujer, Elvira Lindo, y colateralmente la mía, llamándonos asesinos y españoles, y sugiriéndonos la conveniencia de regresar a África, y repitiendo un eslogan que aún hoy me causa cierta intriga: "Bilingüismo es fascismo".

Para un experto en padecer como un escalofrío literal en la nuca la proximidad de los patriotas terminales, me temo que los signos son inequívocos: la cara enrojecida, la hinchazón de las venas del cuello, las gargantas rasposas

como lija después de un esfuerzo sin duda heroico pero también agotador emitiendo interjecciones, amenazas, insultos y anatemas, vivas y mueras. Los patriotas catalanes del once de septiembre, tempestuosos de banderas y enrojecidos por el entusiasmo y por el sol detrás de las vallas que contenían con dificultad su bravura, me recordaron a los que vi aclamar hace muchos años al general Franco en el paseo de la Castellana, hacia 1970, en mi primer viaje a Madrid.

Qué miedo daban. Qué miedo dan éstos. Se me dirá que no es igual aclamar a Franco que a ese actor moderno que al parecer es la estrella más reciente de la soberanía catalana, dar vivas a "Catalunya lliure" o a "Euskadi Askatuta" que a España una, grande y, qué coincidencia, libre. Sinceramente, aparte del vestuario, no veo grandes diferencias. (Imagino, por cierto, que ese actor llevará su coherencia al extremo de no aceptar papeles o remuneraciones que procedan del país opresor). El ronco patriotismo español que padecí durante la primera parte de mi vida se había construido sobre la negación política, cultural y física de los considerados enemigos, de los tibios y de los traidores. Ahora leo en un ilustrado manifiesto catalán que quien no esté de acuerdo con no sé qué afirmaciones patrióticas es "un traidor, un cobarde o un español". Gran adelanto. Las patrias guturales se construyen mediante la adhesión fervorosa, la acomodación y el sometimiento, pero también exigen la limpieza de sangre y la expulsión o la huida de los que no encajan. A uno lo invitan a marcharse, o le hacen la vida cada vez más difícil, o se la hacen del todo imposible mediante el procedimiento extremo de arrebatársela, que es además una excelente medida disuasoria, pues casi todo el mundo, sin necesidad de ser cobarde, español o traidor, ama la vida más que la libertad, y prefiere el silencio o la simulación al destierro.

El patriota necesita traidores y enemigos igual que el inquisidor necesita herejes, y los dos desarrollan una curiosa inclinación por los autos de fe. Nada purifica como el fuego. Los quemadores de banderas y los quemadores de efigies arman sus hogueras entre la aclamación bárbara de sus feligresías, y las diferencias circunstanciales son mucho menos reveladoras que las similitudes, que la terrible fuerza de los símbolos. Quien quema una bandera o un retrato o quien ruge ante las llamas está complaciéndose en el instinto arcaico de un fuego que elimine al adversario y restablezca una pureza siniestra sobre las cenizas. Dicen que cuando Freud supo, aún en su despacho de Viena, que en Alemania los nazis estaban quemando sus libros, comentó secamente: "Vamos progresando. En la Edad Media me habrían quemado a mí". Pero si no lo quemaron a él, como a varios millones de sus semejantes, fue porque había huido antes de que el gran incendio que había comenzado con los libros consumiera a muchos millones de seres humanos.

No hago abusivas comparaciones históricas: digo que cuando se apela al fuego, al rugido y al anatema, la consistencia frágil de la civilización se está debilitando, y con ella el pluralismo que es su valor más preciado, y que no subsiste bajo la coacción. Digo también que quien ruge un "muera" está deseando de verdad la muerte de otro, y que quien envía un anónimo con la foto de una cabeza atravesada por una bala está alentando el asesinato y confiando al terror la tarea desagradable de limpiarle la patria de traidores y cobardes, es decir, supongo, de españoles. Y también digo que un indicio de la confusión ideológica que reina en España es que a esa gente se la considere de izquierdas.

Que la condición nacional o el origen de una persona sean en sí mismo los peores insultos es otro rasgo que distingue a los grandes patriotas. Bien mirado, casi es un refinamiento: no hace falta que te llamen "negro asqueroso", "cerdo judío", "moro de mierda", "español cabrón", porque eso implicaría no sólo un mayor esfuerzo verbal, sino también el reconocimiento de que puede haber negros limpios, judíos decentes, moros respetables, españoles bondadosos.

Cuando mi mujer y yo escuchábamos que se nos llamaba españoles y se nos alentaba a volver a África, personas educadas y afables nos animaban a no hacer caso de aquellos patriotas, diciéndonos que eran "cuatro gatos" (si bien habían considerado conveniente que pasáramos delante de ellos en un coche con los cristales ahumados, no fueran a arañarnos). Algo así viene a decir Rosa Montero en un artículo reciente, en el que descarta como gamberros a quienes quemaron con tanto jolgorio las fotos de los Reyes, y lo mismo hemos escuchado cuando en el País Vasco se habla de esa chusma que incendia autobuses y cajeros automáticos o que no deja vivir a un pobre concejal de pueblo: cuatro gatos, unos gamberros, los de siempre, una minoría de exaltados. Esa disculpa de la irrelevancia de los bárbaros le viene bien a una clase intelectual que debería ser la primera en avisar del peligro y tiene así una coartada para mirar hacia otro lado ahorrándose incomodidades y molestias, al menos a corto plazo. ¿Desde cuándo hace falta una mayoría para sembrar el miedo y amputar las libertades, para amargarle la vida a las personas decentes, incluso para quitársela a alguna de ellas? Los patriotas guturales no necesitan ser muchos para imponer su ley, porque a la mayor parte de nosotros la violencia física nos amedrenta enseguida. Por eso han sido siempre la clase de tropa y, en caso necesario, la carne de cañón que echan por delante quienes se benefician de su bravura patriótica con el ánimo sereno y las manos limpias, quienes construyen sus hegemonías políticas y sus estupendos negocios sobre la brutalidad chantajista de unos cuantos y la conformidad interesada, la indiferencia o la claudicación civil de la mayoría. La patria gutural y la democracia son incompatibles, como sabemos bien quienes crecimos sufriendo la primera y deseando que llegara la segunda. Lo que está en juego ahora mismo en los territorios donde más rugen los patriotas no es tanto la integridad o la dispersión del país, sino la supervivencia misma de las libertades.

Antonio Muñoz Molina es escritor.