lunes, julio 10, 2006

"civiles, por el morro."

11:30 de la mañana, un día de la semana pasada. En los quince minutos de descanso de mi trabajo voy, como cada día, a por un pincho al baruco de al lado. Me pongo en la barra a esperar que me atiendan. Me doy cuenta de que, a mi lado, hay sentado un guardia civil de paisano bien conocido en el pueblo. Me atiende al atento dueño del bar. Pago mis ochenta y cinco céntimos y le oigo decir justo a continuación: "y tú estás invitado, ¿eh?". Se dirigía al tipo que estaba a mi lado. Al guripa. Aunque ni las gracias dió por el convite. para qué.

-¡Anda! - pensé luego mientras salía del bar dándole lascivos mordiscos al inmejorablemente aderezado bocadillín de pollo (con su jugosa rodajita de tomate, su fresca hojita de lechuga, su mayonesa) - llevo aproximadamente dos años yendo a ese bar casi cada día, seis días a la semana, y jamás han tenido conmigo una atención así, ni parecida. Y al tipo ese (seguramente en agradecimiento a su brillante labor en defensa del bien y del orden) le dan la consumición gratis...

- Y si yo, tipo insociable que rara vez entra en bares, me he encontrado con eso- recapacito luego- lo más seguro es que no ocurra sólo en ese establecimiento. Será una práctica habitual en muchos. Algo así como un pequeño tributo.

Entiéndaseme. No quise escribir tributo. El tributo tiene una componente de obligación en su definición. Quise decir una minucia dada de buen corazón. Una fruslería que en realidad no va a ningún lado y que te asegura que, si alguna vez tienes algún problemilla en tu local, con un poco de suerte quizá tengas a la autoridad predispuesta de antemano a que se solucione en tu favor el altercado o lo que sea. Es como un borroso contrato de seguro con primas muy bajas aunque sin demasiadas garantías.

Vista así, es comprensible la posición del dueño del bar. Si por unos cuantos cafés (o unos cacharrillos aunque sea, o lo que quiera que beban, si es que beben, los insignes hombres y mujeres encargados de velar por nuestras libertades y derechos), te libras de algún incierto problemilla futuro, bien empleados están esos euros al cabo del año, ¿no?.

La que no me parece tan comprensible es la actitud del miembro de un cuerpo policial que tan a menudo esas dádivas acepta. Porque, aceptar tantas atenciones de obsequiosos bármanes, ¿no es lo mismo que lucrarse inmoralmente de la que es su venerable autoridad? ¿Hay gran diferencia cualitativamente entre eso y el viejo negocio made-in-sicilia de las "cuotas de protección"? ¿Quién nos garantiza que el que acepta algo que sabe que NO le corresponde, aunque no sea más que un carajillo y un pincho, no acepte, con la misma impasividad moral y relajación de su conciencia, otros emolumentos mayores y aun más criticables?

Uno, que es algo idelista (léase gilipollas), pensaba que esas prácticas se habían terminado a los pocos años de acabar el régimen de aquel vejete genocida tan simpático aún para muchos. Pero compruebo que no. Que ese pequeño tributo continúa. ¿No me creéis? La próxima vez que entréis en un bar, buscad entre las plaquitas con frases graciosas que suelen estar por encima de los estantes de las botellas de licor. Esas que dicen cosas como: "En este local se permite fumar y se recomienda beber", o "¿ fiado? pídeselo a tu madre"; entre esas y otras parecidas y los escuditos del madrí o la foto de la alineación del esportin a finales de los ochenta, encontraréis una que dice "civiles, por el morro" o algo así. En casi todos los bares está. Sólo hay que fijarse.