jueves, junio 29, 2006

La edad de Larra.

Hala, héteme aquí con 28 tacos (jo, cómo pasa el tiempo, parece que fue hace sólo tres días cuando tenía 27...).

Intento hacer una especie de chiste a todo el que me pregunta la edad (hasta ahora a nadie le ha hecho ni puñetera gracia, así de malo será...):

-oye, ¿tú cuántos años tienes?
-pues tengo la edad de Cristo... cuando Cristo tenía 28, claro, jeje.

La edad que Fígaro tenía cuando se suicidó. También murió a esa edad, de tuberculosis, el escritor norteamericano Stephen Crane, autor de La Roja Insignia del Valor, novela de gran importancia según Pérez-Reverte.

Pero todo esto no era para cometer la gilimemez esa, esa cosa tan fea tan típica de los blogs (de este también), eso de yo-mi-me-conmigo-memiroelombligo. Eso es de idiotas. Ni tampoco se me pasó por la cabeza establecer ningún tipo de comparación entre un faltoso absolutamente ijnorante como el menda y el autor de los más famosos Artículos de Costumbres. No. Era porque quería copiaros un interesante fragmento de lo que Mesonero Romanos cuenta sobre la muerte de Larra en su libro Memorias de un Setentón. Leedlo, que es cortito el texto y no tiene desperdicio (atención al muchacho que se da a conocer a los literatos madrileños durante el entierro de Fígaro). Cuidaos mucho.

El día 13 de febrero de 1837 me hacía una de sus frecuentes visitas don Mariano José de Larra, el ingenioso Fígaro, que siempre me manifestó decidida inclinación, y en ésta, como en todas nuestras entrevistas, giró la conversación sobre materias literarias, sobre nuestros propios escritos, sin celos ni emulación de ninguna especie, si bien asomando siempre en las palabras de Larra aquel escepticismo que le dominaba, y en sus labios aquella sarcástica sonrisa que nunca pudo echar de sí y que yo procuraba en vano combatir con mis bromas festivas y mi halagüeña persuasiva; aquel día, empero, le hallé más templado que de costumbre, y animado, además, hablándome del proyecto de un drama que tenía ya bosquejado, en que quería presentar en la escena al inmortal Quevedo, y hasta me invitó a su colaboración, que yo rehusé por mi poca inclinación a los trabajos colectivos; pero en ninguna de sus palabras pude vislumbrar la más leve preocupación extraña, y hubiérale instado, como otros días, a quedarse a almorzar conmigo si ya no lo hubiera hecho, por ser pasada la hora.

¡Cuál no sería mi asombro a la mañana siguiente, al presentárseme don Manuel Delgado (el famoso editor que hizo su fortuna a costa de todos los ingenios de aquella época), diciéndome que la noche anterior, es decir, la del mismo día 13, en que había estado en mi casa, se había suicidado Larra en su propia habitación, calle de Santa Clara, número 3, y que él (Delgado) y otros amigos se habían encargado de tributarle los fúnebres honores, para lo cual allegaban en el acto por suscripción los fondos necesarios! Contribuí, pues, inmediatamente, y en la misma tarde del 14 estábamos reunidos todos los amantes de las letras, o por mejor decir, toda la juventud madrileña, en la parroquia de Santiago, ante el sangriento cadáver del malogrado Fígaro; colocado que fue en un carro fúnebre, sobre el que se ostentaban cien coronas en torno de sus preciados escritos, seguimos todos a pie, enlutados y llenos de sincero dolor, tributando de este modo el primer homenaje público, acaso desde Lope de Vega, rendido entre nosotros al ingenio. Y llegados que fuimos al camposanto de la puerta de Fuencarral, y antes de introducir el ataúd en su modesto nicho, don Mariano Roca de Togores (actual marqués de Molíns) pronunció algunas sentidas frases en loor del desdichado suicida. Adelantóse luego con tímido continente un joven, un niño aún, pálido, macilento, de breve persona y melancólica voz; pidió permiso para leer una composición, y obtenido, hízolo de un modo solemne, patético, en aquellos versos que empiezan:

Ese vago clamor que rasga el viento
es el son funeral de una campana!!...
Vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento,
que en sucio polvo dormirá mañana.

Aquella sentida composición sorprendió a los circunstantes; aquel niño inspirado hizo vibrar las fibras de nuestros corazones, y el nombre de José Zorrilla, circulando de boca en boca, consiguió inspirar desde aquel instante las mayores simpatías.