miércoles, agosto 16, 2006

"La Marrana" de Cuerda

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Corría el año 1992. Dos proyectos españoles sirvieron para conmemorar, cinematográficamente, el quinto centenario del descubrimiento de América. Uno de ellos fue una superproducción (¡unos siete mil millones de pesetas de entonces!) cuya realización se encargó al renombrado director británico Ridley Scott, quien había dirigido un par de películas que casi todos consideramos que están entre de las mejores de toda la historia del cine (Alien, Blade Runner). Se trataba de 1492: La Conquista del Paraíso (Gerard Depardieu hacía de Colón; la teniente Ripley, de la reina Isabel.).

El otro proyecto, más modesto (500-550 millones de pesetas), pero íntegramente español (el de Scott, aunque mayoritariamente hispano, contaba con capital inglés, francés y estadounidense), fue La Marrana, de José Luis Cuerda.

La historia que nos cuenta esta recomendable película (nota: se nos terminó un sinónimo para decir "película"... antes podíamos decir cintas pero ahora no son cintas exactamente... ni de vídeo, ni cinematográficas... todo es ya digital, y lo de decir "la historia que nos cuenta este recomendable archivo avi", da cosa) tiene lugar también en 1492, aunque no veremos en ella a ninguno de los famosos personajes históricos que se nos vienen a la memoria al recordar esta fecha (si acaso nombrarán de paso alguno los personajes), ni los grandes hechos que estos realizan. Sí veremos, en cambio, rasgos de las características y circunstancias político-sociales de la época (la Inquisición, la Santa Hermandad, las ordalías, la expulsión de los judíos, galeotes, peregrinos, pícaros, salteadores, ciegos y trovadores que piden limosna...).

Paradójicamente es La Marrana, un guión original del propio Jose Luis Cuerda, la representación cinematográfica más fidedigna de las novelaa picarescaa española; quiero decir que no son las poquísimas adaptaciones al cine de las obras de ese género literario tan genuinamente nuestro (aunque luego "importado" a sus países por escritores extranjeros - Defoe, Dickens...-), como el Lázaro de Tormes de Fernán Gómez/García-Sánchez, las que mejor recogen y representan los rasgos de la novela picaresca española.

Lo que tan malamente trato de decir es que si queréis tener una aproximación audiovisual a cómo es una novela picaresca española (aunque la primera obra de ese género aparecería casi sesenta años después de la fecha en que está ambientada la película), encontraréis el mejor ejemplo de sus rasgos en La Marrana: el ingenio (y la vileza) del héroe protagonista para fingir, mentir, delinquir etc. con el objeto de satisfacer la necesidad u obtener otros beneficios; recreación en lo grotesco y lo escatológico ; el pesimismo que al lector produce asistir al ambiente de la picaresca donde, a pesar de la creación de situaciones más o menos humorísticas, todo es maldad, fealdad y carnalidad, donde unos se aprovechan de otros y todo se hace por egoísmo, donde la entrega, las virtudes, las buenas pasiones y la inocencia pocas veces se muestran o , de verse , no reciben más recompensa que palos y golpes (un ambiente literario, en fin, tan parecido a la triste realidad que produce desazón).

Alfredo Landa- a quien desde su pequeño papel en Tiovivo de Garci no hemos vuelto a ver en la pantalla y es una verdadera pena, supongo que se ha retirado o ya no le ofrecen papeles- representa uno de sus personajes mejor construidos (recibió un merecidísimo premio Goya ese añ): Bartolomé, un locuaz y sentencioso pícaro que ambiciona dos cosas: hacerse con la marrana de Ruy - Antonio Resines- su, primero compañero de andanzas, más tarde también amigo. El otro anhelo es más poético: tiene el deseo melvilliano de volver a hacerse a la mar, ya que - eso dice, aunque en realidad miente mucho- había sido cocinero en una galera. Oye hablar de la expedición que al Cipango y al Catay (pero yendo por el Oeste) va a partir próximamente del puerto de Palos y su deseo es enrolarse en esa tripulación.

La película habla de deseos y realidades, de placeres tan fugaces como un parpadeo, de momentos felices que, sin que podamos hacer nada, demasiado pronto se deslizan en nuestros dedos aunque intentemos aferrarlos, como arena de playa, y los perdemos para siempre, quedándonos tan solo luego la melancolía del recuerdo y la conciencia de que ya no volverán.


A destacar la ambientación (localizaciones, decorados, vestuario, objetos, detalles) y lo cuidado que está el lenguaje (cosa que no suele suceder en las películas de época, y menos en el doblaje español si son extranjeras): nos parece en verdad estar en la Castilla de fines del siglo XV.

Transcribimos, para acabar nuestra tediosa entrada de hoy, dos enjundiosas sentencias del personaje de Landa, que suelta unas cuantas de ese jaez a lo largo de la película:

Es preferible que las cosas buenas (hasta la vida) desaparezcan en la juventud, porque así de ellas sólo se esperaría lo mejor; mientras que si agotan su plazo, siempre lo cumplen con desengaños y traspiés.

No te fíes del momento: mientras que lo que uno ve tiene más tamaño cuanto más te acercas, lo que uno desea es mayor cuanto más lejos está. Y engaña mucho.

Qué razón tiene vuesa merced, Bartolomé.