En las afueras de un poblado alicantino que bien pudiera ser Monforte del Cid vivía el joven y honrado Legario, quien de sol a sol trabajaba duro, ayudando a su padre a labrar las tierras de la heredad familiar.
Tenía Legario siempre en mientes a una vecina suya a la que conocía desde los primeros albores de la vida, por la que bebía los vientos, como decirse suele, y a la que tan pronto como pudiera quería hacer su esposa. Llamábase ella Benévola, era hermosa como la luz de la mañana, y correspondía en todo a los honestos deseos del muchacho.
En el verano, la víspera del día de la fiesta grande del pueblo, volvió del baile a casa Legario con el rostro alterado por la congoja, las lágrimas apuntando, y un nudo como de agua que le ahogaba la garganta. Viole el padre así demudado y le preguntó que qué le ocurría.
-¡Padre!¡Una desgracia mucho peor que cuando se nos murió Celestino El Viejo – el burro- ! O que cuando tuve aquel dolor de muelas que no me dejó dormir en una semana, o que… , o que…
-Deja de moverte y de temblar y dime qué te pasa…
-He visto a Benévola bailar como nunca había bailado conmigo, así muy agarraos, con … ¡una bestia mitad hombre, mitad caballo! Y ahora siento que quiero morirme, padre.
-Ah, hijo… Tenía que suceder… Escucha: al otro lado del río, casi en lo más alto del otero, hay una aldehuela en la que moran los inmortales centauros. Allí viven desde hace miles de años sin oficio ni beneficio, y sin otra preocupación que no sea la de galopar a toda velocidad para sentir el viento acariciarles sus mejillas y cabellos. Esos bribones son vagos, son indecentes, son mentirosos, son maleducados y viles… Pero, siempre jóvenes, musculosos y lozanos, tienen la marcial hermosura varonil que las mujeres humanas anhelan.
>>Por el verano, cuando por los pueblos se van celebrando las fiestas a los santos patrones, bajan al baile y seducen a nuestras mujeres con hueras promesas… Ahora dime una cosa, ese centauro que viste, ¿era de pelo rubio, medía dos metros de alto, y era alazán con una mancha blanca en el lomo?
-¡Tal era, padre! Y llevaba la camisa azul de los de Falange.
-¡Ah, ladrón, sinvergüenza, infame! Ése, hijo mío, es el pérfido Cerenio. Y ese mismo sedujo a la novia de tu padre, de tu abuelo, del padre y del abuelo de tu abuelo… Y ahora te la levanta a ti también. Sí, llevará la camisa azul falangista por los tiempos que corren… Pero cuando se llevó a mi Teresa vestía uniforme de soldado destinado en África, y cuando engañó a tu abuelo, el de guardia de corps…
-¿Qué hacer padre? ¡Mi Benévola…! ¡En su sonrisa y sus labios rosas veía promesas de infinita dulzura! ¡no puedo creer que fueran mentiras!
-No hay nada que puedas hacer… Cerenio es inmortal… y para colmo es de Falange… No puedes hacer nada: hará de tu novia lo que le plazca durante un par de semanas, luego se cansará de ella, ella verá lo vano que es, aprenderá la lección… y volverá contigo. Tú la perdonarás, te casarás con ella, tendrás un hijo, y dentro de veinte o veinticinco años se repetirá la escena.
-¡No! ¡no! ¡no puede ser!
-Pero hijo, ¿adónde vas? ¡espera!
-¡A la aldea de los centauros!
* * *
LEGARIO: Benévola, ¿qué haces aquí, tan alejada del pueblo? Vuelve a casa. Es tarde… tus hermanas te estarán buscando...
BENÉVOLA: Lo que a ti no te importa. Dando un paseo. Cerenio me va a enseñar su colección de motocicletas.
LEGARIO: ¿Y ése qué quiere? Mira que me parece a mí que nada bueno. ¿no ves que ni siquiera es humano? Vuelve, por favor, que es tarde… y tu hermana pequeña ya sabes que se preocupa porque te quiere mucho.
BENÉVOLA: Vuélvete tú y diles que voy enseguida. Y deja de llorar, tonto. Hoy no se llora, que es la fiesta del pueblo. Vuelve, no seas pesado, que voy ahora.
CERENIO (Llega): Ridículo humano, cilíndrico como tus cilíndricas heces, ¿qué haces en esta zona del monte, donde sólo los por siempre inmortales y sus invitados pueden campar a sus anchas?
LEGARIO: ¡no te tengo miedo, demonio robaesposas!
CERENIO: ¡habrase visto, además de cilíndrico nos ha salío rojillo! Pues yo también sé decir bromas, hombre: mañana mismo te presentas en el cuartelillo y dices que vas de mi parte. Y que no tenga que ir yo a buscart…
BENÉVOLA: Cerenio, déjale en paz.
CERENIO: ¿Qué? Pero…
BENÉVOLA: He dicho que le dejes en paz, ¿vale? Y tú , Legario, vuelve a casa y diles a mis hermanas que voy enseguida.
* * *
-¿Por qué lloras, hija?
-¡Cerenio, madre…! Que me quería mucho, decía. Que me iba a llevar en cuanto nos casásemos a Madrid, y luego a París, a Italia... Y esta mañana le he visto con… con… ¡con una yegua!
-Ay, estos centauros son todos iguales, hija… muy galanes con las mujeres, pero luego a quienes quieren de verdad y con quienes se casan es con las yeguas… Te lo advertí… Pero no te puedo regañar, porque ese mismo error lo cometí yo, y mi madre tu abuela, y mi abuela, y la madre de ésta…
-¿Y qué hago ahora, madre mía? ¡Legario me quería, me quería de verdad, y es honrado, y bueno! ¡y yo… qué estúpida fui!.
-… ¡Ay, pobre hija mía!¡ Sé cómo sufres! Hablaré… Hablaré con su padre. Tranquila, volverás con él, y podrás tener a su lado una vida tan insustancial como la mía al lado del tuyo… Sí, y seguramente, también al igual que yo, volverás siempre en el recuerdo a aquellas horas de emociones intensas, de placer palpitante, de felicidad violenta al lado de tu centauro.
*** ***
Esto mismo contó un viejo ayer, representándolo con calcetines puestos en las manos, a un muchacho que se preguntaba qué narices hacía un centauro con el uniforme de teniente del Ejército del Aire, requebrando a las mozas a las puertas de una discoteca de un pueblo de Alicante.
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imagen: Centauro , de Ziemianski.