-¡Señorita!
La cajera seguía pasando productos por el escáner mientras ladeaba la cabeza y miraba al tipo que se dirigía a ella.
-Las pastas Reglero – dijo aquél , mostrando una caja y un resguardo de compra – me vinieron con un solo piso.
La joven cajera mascaba chicle y miraba alternativamente al señor y a
la caja de pastas, un poco aturdida, como intentando situarse.
Finalmente paró en su tarea de autómata de pasar productos por el
escáner de la caja, y con un bote de mermelada de cereza en la mano,
dijo al cliente descontento:
-Te equivocas. Las pastas Reglero tienen un solo piso.
-¿Desde cuándo? ¡Será desde hace muy poco!
-Desde siempre... las que tienen dos pisos son las Cuétara. Y no puedes
devolver eso, porque ya está abierto y “semiconsumido”. Si quieres
pasar adentro y hablarlo con la encargada...
Y así lo hizo .
Habló con la encargada, que tenía unos cuarenta , el pelo teñido con
vetas y un piercing en la nariz. Pero le dijo lo mismo que la cajera (y
con el mismo tuteo irrespetuoso): Las Reglero tenían un piso, las
Cuétara dos. Y eso era así desde siempre. Y el producto estaba en buen
estado y empezado. no cabía la devolución.
-¡No! ¡Desde siempre
no! - dijo levantando algo la voz y resoplando como El Toro, el
personaje de dibujos animados de la Warner.
Y salió del
supermercado enfadado y a paso tan ligero que casi embiste el cristal
de la puerta automática, que se abría a duras penas. La cajera le miró
alejarse y arqueó las cejas, sin dejar de mascar chicle ni de pasar
envasados por el escáner, cumpliendo en todo momento su nada desdeñable
ritmo de treinta y cinco productos por minuto.
* * *
El Anciano entró en su casa murmurando y echando pestes y repitiendo: “¡me van a decir a mí que...!”.
Se había comprometido a no volver a hacer lo que iba a hacer. Pero era
absolutamente necesario. Necesitaba comprobarlo. Aquello sería como su
Ultima Ratio.
Bajó al sótano, dejó la caja de pastas sobre un
mueble viejo. Luego levantó un par de grandes sábanas que hacían de
cubre-polvo y que tapaban montones de periféricos, un entramado de
cables , varios ordenadores en serie. Encendió el viejo equipo
informático. Durante unos minutos se llenó la penumbrosa sala de
lucecitas LED y de beeps de confirmación. Mientras, el viejo se había
desnudado y se untaba el cuerpo groseramente con un gel rosado y con
grumos que sacaba de un bote del tamaño de uno de pintura.
Cuando
se hubo ungido del todo, metió en el bote del fluido rosáceo una cinta
para el sudor como la que usan los tenistas, y tras asegurarse que
estaba bien embadurnada, se la colocó en la frente.
Tecleó dos
comandos en el ordenador principal , y en el viejo monitor verde
apareció una secuencia numérica. Se dirigió entonces a una pequeña
nevera ( o eso parecía al menos) que había en el fondo del cuarto, la
abrió, se introdujo dentro como pudo y cerró. Una vez dentro se cubrió
con la cinta de tenis los ojos segundos antes de que un súbito fogonazo
eléctrico lo evaporase y desapareciese como si estuviese representando
un trillado truco de magia.
-¡Me van a decir a m...!
* * *
El supermercado estaba vacío. Por eso la chica de la caja aprovechaba,
pistola de precios en mano, para etiquetar productos. Le gustaba decir
que era la más rápida a este lado del Missouri mientras soplaba el
extremo de la etiquetadora , y hacer duelos a pistola con su compañero
adolescente. Pero en este turno estaba sola. Bueno, ella y el encargado.
Circunspección y nada de bromas pues.
-Hola, Lucía. No tengo mucho tiempo. Oye, ¿Las pastas Reglero en dónde las tenéis?
-Tercer pasillo al fondo. Cafés y desayunos.
El viejo que acababa de entrar en la tienda la había llamado por su
nombre. Vestía pantalones de pana y jersey de lana. Ella no tenía ni
idea de quién era, aunque la cara le resultaba conocida. Pero eso no
era extraño en absoluto. La caja registradora imprimía los tickets y se
podía “programar” para que incluyera el nombre de las cajeras. Y la
fecha. (¡El no va más!). A este encargado le gustaba estar al día en
todo eso. Por eso muchos clientes del supermercado conocían el nombre de
la muchacha, aunque ella no conociera el de casi nadie. Los tickets de
hoy traerían al final una coletilla que diría: “Le atendió Lucía.
Supermercado Califrés, grupo IFA, 12 de marzo de 1989”.
La joven
siguió disparando a los azulados botes de Nivea sin compasión, que eran
pocos y cobardes. A los pocos segundos , aquel tipo extraño ya estaba en
la caja esperando a que le cobrase, bajo el póster de Danone en el que
un perro parecido al Patán de los Autos Locos pero difrazado de mago,
decía en un bocadillo de tebeo: “¿Se puede pinchar un globo sin que
explote?”; el perro sujetaba un globo inflado en una mano y un alfiler
en la otra, la capa de mago ondeando detrás.
-Venga, niña, venga, venga, ¡que hay prisa!.
La compra consistía en una caja de pastas Reglero (Lucía tecleró el
precio), y un bote de cristal de 400 gramos de mini-salchichas Purlom
(tecleó el segundo precio). Mientras realizaba esta segunda acción el
viejo dijo, como si se disculpara de algo:
-Ya, ya, ya sé que no debería,,, ¡pero las Purlom estaban tan ricas!, ¿eh? ¿eh?
-Trescientas setenta y cinco – dijo Lucía.
-Ahí te van quinientas, y quédate el cambio, bonita.
Lucía, sorprendida, le dio las gracias ( ¡veinticinco duros!) , y
aunque por norma no se podían aceptar propinas, se hizo un poco la loca.
Al fin y al cabo el súper estaba vacío y el encargado estaba en la
garita hablando por teléfono.
El viejo miró la hora. Suspiró antes de salir, y se paró en seco antes de abrir la puerta.
-Lucía, escucha... quería hablarte de... de la importancia de
introducirse paulatinamente en el agua para evitar el mal llamado "corte
de digestión", que en realidad es un shock muy grave debido al cambio
brusco de temperaturas y tiene poco que ver con la digestión... , ¿te
parece?
-¡Ah, ya sé quién es usted...! - dijo Lucía con una
sonrisa, dibujándosele sendos hoyuelos en las mejillas, admirable rostro
juvenil bajo el cardado pelo de oro - ya decía que me sonaba... usted
ha venido más veces. ¿está enfermo o algo? Se le ve como bastante más
envejecido que la última vez que vino, hace meses ya... Está de paso,
verdad? No es del pueblo, porque su cara no me suena a alguien del
pueblo... ¡Sí, jaja,pero le recuerdo porque siempre me habla del corte
de digestión! . Es usted más gracioso... ¿es viajante de medicamentos o
algo así? Pues que sepa que los visitadores médicos no me caen muy bien,
jaja, ¡siempre pasan ustedes delante de los enfermos!..
Una nube
triste arrugó y enturbió la frente del viejo, y salió del supermercado
suspirando tras despedirse de la muchacha . Miró su reloj. Apenas tenía
tiempo ya...
Al salir se dirigió con paso rápido a una casa
abandonada de las afueras. El ordenador tenía programado el punto de
extracción en unas coordenadas de espacio y de tiempo específicas. Aún
tenía que despojarse otra vez de aquella ropa circunstancial y aplicarse
el fluido... Pero no se pudo resistir. La Verdad muchas veces lucha por
salir atropellando a la Paciencia. Mientras seguía caminando, abrió la
caja con brusquedad. Rompió el lacre rojo de la delgada hoja de papel
blanco que en aquella época envolvía a las Reglero librándolas de la
humedad , y que estaba bajo el vistoso cartón (delgado papel, no
plástico como más tarde sería). Varias personas se volvieron a mirar a
aquel extraño y nervioso sesentón a quien unas galletas que acababa de
comprar se le cayeron por el suelo, cuando enfadado gritó a la nada:
-¡Me cago en Dios!. ¡Era uno!
domingo, marzo 12, 2017
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