domingo, octubre 14, 2018

El ajero de Nueva York (cuento)

Querida abuela:
Ahora que estoy bien establecido y con el negocio viento en 'pompa' , es cuando le escribo para contárselo todo.
Me marché del pueblo, que ahí era imposible cambiar de vida al ser siempre el aire el mismo, le pregunté a Lucio el de El Ferrol, el que hizo la mili conmigo, si tenía plaza en su pesquero para mí, y me dijo que sí , que siempre le hacía falta gente honrada y trabajadora, y para El Ferrol que me fui. Le pregunté una semana si no era mucha molestia que me acercara a Nueva York, pues desde hacía tiempo tenía yo una idea empresarial en la cabeza que...
El caso es que al buen Lucio le vino bien un día que estaba la mar serena acercarme hasta América, y allí vamos entrando en el puerto de Nueva York a eso de las cinco de la tarde, con la Estatua de la Libertad mirándonos desde allá arriba , y que a mí me parecía la Virgen del Carmen de la parroquia, pero sin la mantilla ni las mejillas sonrosadas y con un libro en la mano, un cucurucho de churros en la otra , y el tamaño de la cruz del Valle de los Caídos , palmo más o palmo menos. El caso es que aunque es un montón de piedras gigantesco y frío, a mí debió de hacerme la seña del tres de bastos o algo al verme, o tal vez sea porque le recé entonces la oración a la Virgen que usted me enseñó cuando era bien pequeño, sea como sea, la verdad es que me bendijo la inmensa señora y no ha dejado desde entonces de irme bien y requetebién.
Hablo del negocio , que supe ver una oportunidad que los americanos no veían ni aunque la idea les viniera enfrente y les diera en tós los morros.
A la salida del puerto hay un negocio de alquiler de coches. Aquí son todos enormes, un cadillac de estos no entraría por la carretera del pueblo, se saldría a la cuneta por los dos lados y no dejaría pasar ningún tractor. Pero vi allí un Dos Caballos como el de padre, aunque del color de la grana, y que por ser tan pequeño , y al parecer de los americanos feo, me lo alquilaron bien barato.
Dirá usted que cómo hablo el inglés y hago que me entiendan. Bueno, al principio con paciencia y hablando despacio. Si no, haciendo señas como los monicos, y si todo falla parece que gritando fuerte me entienden mejor.
Puse en el maletero del coche dos jaulas de ajos que traje conmigo. Ajos de Orbajosa, los mejores de España y aun de Portugal y del extranjero y que son gordos como calabazas. También me agencié barato en un desguace un altavoz que instalé encima del coche, y véame ahí al día siguiente por las avenidas de La Gran Manzana gritando, entre los chasquidos eléctricos que da el altavoz:
- ¡ha venido el ajero! Señora, ya está aquí el ajero. Hay ajos, oiga. Ajos de Orbajosa. Dos cabezas, un dólar.
Un dólar vienen a ser veinte o veinticinco duros, para que esté atenta y no se me pierda .
El primer día apenas vendí nada porque los neoyorquinos no entendían esto de los ajos a domicilio. Pero al día siguiente decidí hacer las mismas calles que el anterior, y ya empezaron a bajar algunas señoras de los rascacielos. Primero se asomaban allá arriba , en el piso 80 u 85 mirando dudosas, pero en cuanto oían las ofertas que traía, ya iban perdiendo el miedo y bajando.
-vaya ganga, joven. Qué gordo es todo en España. Cada diente de estos ajos es como una cabeza de lo los de Kentucky. - me dijo una señora muy simpática.
-qué bien, justo hoy quería poner pollo al ajillo, si no llega a ser por usted... -me dijo otra.
Total, que el primer día vendí jaula y media y viendo que allí había negocio, puse telegrama a Orbajosa para que me proveyeran de ajos de manera inmediata.
Mientras llegaba el primer cargamento, me establecí en un pequeño almacén y me compré un perro para no sentirme solo. Es igualico al Sultán que tenía cuando chico , pero en más oscuro ¡y más cariñoso...!
En un mes ya me conocía todos los rincones de nueva york, y hacía dólares que ni el Rockefeller. Con decirle que el Ruiz Mateos o el Manuel Luque , el de Camp, que en España pasan por grandes empresarios, aquí no saben ni quienes son. Y en cambio me conocen a mí.
Un día que antes de las doce ya había vendido casi toda la maleta de ajos, me dije de salirme de lo que es Nueva York en sí e ir hasta La Casa Blanca que está justo al lado. Y allí me fui, por curiosidad, por hacer turismo. Y al estar allí fuera de la verja veo que una señora mayor me hace señas desde un ventanón, y me está diciendo con la mano que espere. Viene luego caminando desde la puerta una ancianita menuda y risueña y me suelta, en americano:
-¿es usted el ajero de Nueva York?
-sí señora, para servirla a usted y a España- dije yo
-qué oportuno! Yo soy Nancy Reagan, la mujer del presidente. Le quedan ajos? Quiero hacerle unas sopas de ajo a Ronnie , que padece mucho del estómago y eso es suave y alimenticio y le asentará bien, pero justo no quedaba un ajo en toda la Casa Blanca.
Y le vendí 4 cabezas de ajo, que se quedó asustada de lo blancas y grandes que eran. También me preguntó si llevaba cebollas , pero le dije que no trabajaba la mercancía , aunque estaba pensando involucrarme también en ese mercado, pero tenía que pensármelo muy mucho porque las cebollas españolas eran tan bravas , que lo mismo era empezar a pelarlas en una base militar estadounidense para hacer una ensalada y ponerse a llorar los cinco mil hombretones.
Dándome muchos parabienes y felicitaciones se despidió de mí y dijo que tenía que seguir con el té y la partida de parchís, pues estaba con sus amigas en lo que es la sala de tresillo de la Casa Blanca.
Yo no la entretuve más, sólo pedí que saludase por mí a don Ronaldo, y le animé a que continuase su lucha contra la droga, que tantas desgracias dejaba allí en España.
Y poco más tengo que contarle, abuela, salvo que todo me va viento en 'pompa' y a toda vela, como dice el poema de Neruda. Que los miércoles me acerco hasta la Casablanca a repartir también, y que he rehecho mi vida y triunfado "a mi manera" como canta el Fran Sinatra.
La carta se la mando porque me acuerdo de usted , y porque una vez que llamé a casa por conferencia y padre me contó las mentiras que se estaban contando de mí en el pueblo, y eso me indignó mucho y me hizo hervir la sangre. Dicen las malas lenguas de las que ese pueblo está sobrado que me escapé con un colega del Centro de Rehabilitación y que estamos malviviendo en el polígono, y que me he vuelto a la droga y vuelvo a hacer el mal como antes. Y más mentiras dicen, que mi salud no es buena , que peso menos de 40 kilos y se me han caído los dientes, y que voy pico tras pico sin pensar en nada más ni encontrar ya otra esperanza ni motivo para vivir.
Que esas cosas lleguen a oídos de padre, tanto me da pues nunca me quiso bien. Pero el miedo a que estas habladurías llegasen a oídos de usted hizo que me sentase a escribir esta carta tan larga, y eso a pesar de lo enemigo que soy yo del lápiz y del papel.
Y como prueba de todo lo que le digo, ahí le mando una foto en la que salgo junto a la Estatua de la Libertad esa, que a mí tanto me recuerda a la Virgen del Carmen.
***
Y en efecto, acompañando los sucios pliegos venía un documento gráfico que más que otra cosa parecía un recorte de la Teleindiscreta. Se sabe que la abuela pidió que le releyeran la carta cuatro o cinco veces aquel día

No hay comentarios: