Querida abuela:
Ahora que estoy bien establecido y con el negocio viento en 'pompa' , es cuando le escribo para contárselo todo.
Me marché del pueblo, que ahí era imposible cambiar de vida al ser
siempre el aire el mismo, le pregunté a Lucio el de El Ferrol, el que
hizo la mili conmigo, si tenía plaza en su pesquero para mí, y me dijo
que sí , que siempre le hacía falta gente honrada y trabajadora, y para
El Ferrol que me fui. Le pregunté una semana si no era mucha molestia
que me acercara a Nueva York, pues desde hacía tiempo tenía yo una idea
empresarial en la cabeza que...
El caso es que al buen Lucio le
vino bien un día que estaba la mar serena acercarme hasta América, y
allí vamos entrando en el puerto de Nueva York a eso de las cinco de la
tarde, con la Estatua de la Libertad mirándonos desde allá arriba , y
que a mí me parecía la Virgen del Carmen de la parroquia, pero sin la
mantilla ni las mejillas sonrosadas y con un libro en la mano, un
cucurucho de churros en la otra , y el tamaño de la cruz del Valle de
los Caídos , palmo más o palmo menos. El caso es que aunque es un
montón de piedras gigantesco y frío, a mí debió de hacerme la seña del
tres de bastos o algo al verme, o tal vez sea porque le recé entonces la
oración a la Virgen que usted me enseñó cuando era bien pequeño, sea
como sea, la verdad es que me bendijo la inmensa señora y no ha dejado
desde entonces de irme bien y requetebién.
Hablo del negocio ,
que supe ver una oportunidad que los americanos no veían ni aunque la
idea les viniera enfrente y les diera en tós los morros.
A la
salida del puerto hay un negocio de alquiler de coches. Aquí son todos
enormes, un cadillac de estos no entraría por la carretera del pueblo,
se saldría a la cuneta por los dos lados y no dejaría pasar ningún
tractor. Pero vi allí un Dos Caballos como el de padre, aunque del color
de la grana, y que por ser tan pequeño , y al parecer de los americanos
feo, me lo alquilaron bien barato.
Dirá usted que cómo hablo el
inglés y hago que me entiendan. Bueno, al principio con paciencia y
hablando despacio. Si no, haciendo señas como los monicos, y si todo
falla parece que gritando fuerte me entienden mejor.
Puse en el
maletero del coche dos jaulas de ajos que traje conmigo. Ajos de
Orbajosa, los mejores de España y aun de Portugal y del extranjero y que
son gordos como calabazas. También me agencié barato en un desguace un
altavoz que instalé encima del coche, y véame ahí al día siguiente por
las avenidas de La Gran Manzana gritando, entre los chasquidos
eléctricos que da el altavoz:
- ¡ha venido el ajero! Señora, ya está aquí el ajero. Hay ajos, oiga. Ajos de Orbajosa. Dos cabezas, un dólar.
Un dólar vienen a ser veinte o veinticinco duros, para que esté atenta y no se me pierda .
El primer día apenas vendí nada porque los neoyorquinos no entendían
esto de los ajos a domicilio. Pero al día siguiente decidí hacer las
mismas calles que el anterior, y ya empezaron a bajar algunas señoras de
los rascacielos. Primero se asomaban allá arriba , en el piso 80 u 85
mirando dudosas, pero en cuanto oían las ofertas que traía, ya iban
perdiendo el miedo y bajando.
-vaya ganga, joven. Qué gordo es
todo en España. Cada diente de estos ajos es como una cabeza de lo los
de Kentucky. - me dijo una señora muy simpática.
-qué bien, justo hoy quería poner pollo al ajillo, si no llega a ser por usted... -me dijo otra.
Total, que el primer día vendí jaula y media y viendo que allí había
negocio, puse telegrama a Orbajosa para que me proveyeran de ajos de
manera inmediata.
Mientras llegaba el primer cargamento, me
establecí en un pequeño almacén y me compré un perro para no sentirme
solo. Es igualico al Sultán que tenía cuando chico , pero en más oscuro
¡y más cariñoso...!
En un mes ya me conocía todos los rincones de
nueva york, y hacía dólares que ni el Rockefeller. Con decirle que el
Ruiz Mateos o el Manuel Luque , el de Camp, que en España pasan por
grandes empresarios, aquí no saben ni quienes son. Y en cambio me
conocen a mí.
Un día que antes de las doce ya había vendido casi
toda la maleta de ajos, me dije de salirme de lo que es Nueva York en sí
e ir hasta La Casa Blanca que está justo al lado. Y allí me fui, por
curiosidad, por hacer turismo. Y al estar allí fuera de la verja veo
que una señora mayor me hace señas desde un ventanón, y me está diciendo
con la mano que espere. Viene luego caminando desde la puerta una
ancianita menuda y risueña y me suelta, en americano:
-¿es usted el ajero de Nueva York?
-sí señora, para servirla a usted y a España- dije yo
-qué oportuno! Yo soy Nancy Reagan, la mujer del presidente. Le quedan
ajos? Quiero hacerle unas sopas de ajo a Ronnie , que padece mucho del
estómago y eso es suave y alimenticio y le asentará bien, pero justo no
quedaba un ajo en toda la Casa Blanca.
Y le vendí 4 cabezas de ajo,
que se quedó asustada de lo blancas y grandes que eran. También me
preguntó si llevaba cebollas , pero le dije que no trabajaba la
mercancía , aunque estaba pensando involucrarme también en ese mercado,
pero tenía que pensármelo muy mucho porque las cebollas españolas eran
tan bravas , que lo mismo era empezar a pelarlas en una base militar
estadounidense para hacer una ensalada y ponerse a llorar los cinco mil
hombretones.
Dándome muchos parabienes y felicitaciones se
despidió de mí y dijo que tenía que seguir con el té y la partida de
parchís, pues estaba con sus amigas en lo que es la sala de tresillo de
la Casa Blanca.
Yo no la entretuve más, sólo pedí que saludase
por mí a don Ronaldo, y le animé a que continuase su lucha contra la
droga, que tantas desgracias dejaba allí en España.
Y poco más
tengo que contarle, abuela, salvo que todo me va viento en 'pompa' y a
toda vela, como dice el poema de Neruda. Que los miércoles me acerco
hasta la Casablanca a repartir también, y que he rehecho mi vida y
triunfado "a mi manera" como canta el Fran Sinatra.
La carta se
la mando porque me acuerdo de usted , y porque una vez que llamé a casa
por conferencia y padre me contó las mentiras que se estaban contando de
mí en el pueblo, y eso me indignó mucho y me hizo hervir la sangre.
Dicen las malas lenguas de las que ese pueblo está sobrado que me escapé
con un colega del Centro de Rehabilitación y que estamos malviviendo en
el polígono, y que me he vuelto a la droga y vuelvo a hacer el mal como
antes. Y más mentiras dicen, que mi salud no es buena , que peso menos
de 40 kilos y se me han caído los dientes, y que voy pico tras pico sin
pensar en nada más ni encontrar ya otra esperanza ni motivo para vivir.
Que esas cosas lleguen a oídos de padre, tanto me da pues nunca me
quiso bien. Pero el miedo a que estas habladurías llegasen a oídos de
usted hizo que me sentase a escribir esta carta tan larga, y eso a pesar
de lo enemigo que soy yo del lápiz y del papel.
Y como prueba de
todo lo que le digo, ahí le mando una foto en la que salgo junto a la
Estatua de la Libertad esa, que a mí tanto me recuerda a la Virgen del
Carmen.
***
Y en efecto, acompañando los sucios pliegos
venía un documento gráfico que más que otra cosa parecía un recorte de
la Teleindiscreta. Se sabe que la abuela pidió que le releyeran la
carta cuatro o cinco veces aquel día
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