Cuando las gilichorradas
toman forma de cuento, se llaman relatontos
. Ahí va uno especialmente relatonto
. Un saludo.
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-¡El timbre! ¡Es él! ¡Voy a abrirle!
Ángela dio un alegre salto y salió del cuarto de estar como si pudiese volar. Antes de llegar a la puerta de entrada, frenó en seco la carrera, volvió sobre sus pasos y, con una seria mirada de reconvención, dijo:
-Mamá, papá, ¡hoy no, por favor!¡hoy no! Hoy no quiero esas caras. Nada de melancolías hoy. Nada de histerias ni de tonterías. Tenéis que esforzaros: Carlos me importa mucho.
Los padres de Ángela, como de costumbre, estaban apenados. A pesar de ello, la madre ensayó una sonrisa
profidén con la que agradó un tanto a su hija. El padre simuló estar distraído, profundamente interesado en el artículo de fondo que estaba leyendo.
-¡Papá…! –rogó la joven.
El hombre levantó la vista del periódico, miró a su hija, y puso una mueca triste y cansada que intentaba ser sonrisa.
-¡Nada de melancolías ni de histerias hoy!- repitió Ángela con cierta gravedad, pero asomando su propia alegría en el tono con que pronunciaba la corta amonestación. Luego se dio la vuelta y corrió a abrir la puerta.
Una pareja de mirlos cantando de amor y de júbilo a las primeras luces del amanecer primaveral, un grupito de locuelos niños jugando alegremente en el patio de un colegio, o una panda de amigos brindando a Baco con eufóricas y optimistas canciones, no mostrarían más regocijo que el que manifestaba la alegre joven al recibir en su casa a su amado. Rumor de risas, sonido de tímidos besos e incomprensibles y joviales susurros de enamorados llegaron a los oídos de los padres de Ángela, antes de escuchar claramente:
-¡No te quedes ahí: en la calle hace un frío de muerte! ¡Pasa! Dame tu abrigo y bufanda y pasa, mis padres están deseando conocerte.
De vuelta al cuarto, la joven, detrás de su amado, escrutó los rostros de sus padres con una severa mirada. El hombre había doblado el periódico y se había levantado. La mujer, también de pie, se esforzaba en mantener un rictus que afectaba alegría.
Tras los saludos de rigor, hubo un interminable minuto en el que todos guardaron un incómodo silencio; qué difícil es las más de las veces romper el hielo.
El padre de Ángela dijo al cabo, algo atropelladamente, la vista en el suelo, sin atreverse a mirar a los ojos a su interlocutor:
-...¿A... Así que trabajas en la Administración?
Y tras esa primera frase vinieron otras. Y durante un rato pareció alejarse el fantasma del silencio. Tras varios minutos de conversación le pareció a Ángela que todo iba viento en popa. “Pero siempre hay algo que tiende a torcerse en este tipo de situaciones”, algo así pensó por un momento la joven, “y más con unos padres como los que Dios me ha
dao…”.
-Mamá, todo marcha tan bien que he pensado…, ¿puede quedarse Carlos a cenar? –susurró Ángela al oído de su madre cuando hubieron transcurrido otros minutos.
-...No, hija…: no es lo que habíamos hablado… - respondió la señora, con voz queda - no he preparado nada especial…: mejor otro día.
-¡Oh! A él no le importa…: no tiene por qué haber nada especial…Y hay comida de sobra… ¡Todo marcha tan bien! Creo que podría quedarse...
-No, hija… Creo que lo mejor es que vuelva otro día.
-Ángela – dijo su padre, quien se había percatado del secreto conciliábulo familiar, también en voz baja- haz caso a tu madre…: otro día le invitarás. No puede quedarse hoy…
-¡Oh! ¡pues es una lástima…! En fin, está bien, supongo que no pasa nada, otro día… -pero, rebelándose, añadió: - ¿por qué sois tan insociables? ¿por qué no hacéis un esfuerzo?
-Nos estamos esforzando, Ángela – respondió la madre-. Y mucho. Bien lo sabes. Todo lo que hacemos, lo hacemos sólo por verte feliz. Pero es mucho para hoy. Cenará con nosotros otro día y no hay más que hablar.
- ¡Oh, está bien! –asintió la muchacha, secamente.
Diez minutos después, Ángela y sus padres cenaban sin invitados. La joven soplaba la humeante sopa mientras alegremente pensaba en su prometido. En cambio, la pena se acentuaba más que antes en el rostro de sus padres.

El hombre dijo para sí, apenas audiblemente:
-¡Mi niña…! ¡Tan inteligente como ella era, tan buena…!, ¿por qué suceden estas cosas…? ¿por qué…?
-¿Qué has dicho? –interrumpió Àngela.
-Nada, cielo. – una taciturna sonrisa, las lágrimas apuntando.
-¡Muy bien! Porque no me apetece oír cosas raras ni tristes hoy; insociables, que sois unos insociables. Carlos se ha marchado como queríais y todo ha ido bien. No tengo ninguna gana de oír esas gaitas vuestras que me ponen de tan mal humor: hoy no me asustaréis con esas cosas tan siniestras de que mis amigos no existen, esas tonterías de que un día me pondré bien…